Ryan y yo en el 2016

Hace pocos días -el 28 de setiembre para ser exactos- celebramos el Día del Hijo en Estados Unidos. No tenía idea de la existencia de este día especial, que se originó en los años 90. Ahora que lo sé, quiero compartir este artículo que escribí cuando mi hijo era pequeño.

Jugando a la guerra

Tengo el presentimiento de que en un par de años, cuando Ryan, mi hijo, cumpla 14 años (si no antes), ya no jugaremos como ahora.  Llegará el irreversible momento en que se establecerá una incómoda distancia entre nosotros.  Es completamente normal, pero sé que no me caerá bien el dejar de ser su héroe para regresar al rango opaco de papá.  Por eso, el último fin de semana de setiembre que estuve con él y que el clima fue propicio, decidí aprovechar al máximo cada minuto que pasamos jugando a la guerra durante dos horas de complicidad total, aunque éramos de bandos enemigos.

Yo era (no por iniciativa propia) un combatiente malvado y sanguinario de Trambakistán.  Ryan era un francotirador americano muy intrépido y de reflejos veloces.  El campo de batalla no era muy grande (porque el parque para niños adyacente al área de contenedores de desperdicio y productos reciclables tampoco era grande), pero contaba con suficientes árboles, arbustos, cercas, bancas y recovecos para considerarlo zona de combate.  Yo enrumbé hacia el Norte y él hacia el Sur, cada quien confiado en sus armas y municiones.  Yo, por ejemplo, contaba con un rifle de francotirador, semiautomático, de largo alcance y con mira telescópica para ubicar al enemigo antes de que éste descubriera mi escondite.  Ryan, por su lado, portaba el poderoso Vulcan MP40, calibre 50 y totalmente automático, que superaba largamente a mi Nerfgun Recon CS6, pero esa desventaja no me iba a amilanar.

Mi instinto de francotirador me dijo que toda altura que lograra me pondría en ventaja sobre mi oponente, así que me armé de valor y escalé hasta estar encima del contenedor de productos reciclables.  Desde allí ubiqué facilmente a mi enemigo, que avanzaba sigilosamente de arbusto en arbusto, dando la vuelta a la cerca que rodeaba el área de contenedores.  Lo seguí con la mirada, atento pero a la vez  entretenido, mientras se acercaba a inspeccionar detrás de la banca frente a los columpios, que es donde pensé esconderme al principio.  Ahora sé con certeza que esa trinchera no hubiera sido buena idea.

Lo dejo avanzar más.  No hay peligro mientras siga escudriñando entre arbustos, por el subibaja o detrás de los árboles.  Yo estoy apostado en posición ventral y listo para agachar la cabeza de modo que la cerca le impida verme apenas él levante la vista.  Ahora gira y camina zigzagueante en dirección a los contenedores.  Espero pacientemente porque todavía está fuera del alcance de las balas de mi Nerfgun…, pero ahora sí, está cerca y lo tengo en la mira.  ¡Diablos!  Yerro el primer disparo, que me pone al descubierto.  Ryan se ríe pues está gratamente sorprendido de que haya sido tan intrépido para subirme allí.  Intento rápidamente un segundo disparo, pero se atasca la bendita bala, y Ryan, cuyos buenos reflejos lo pusieron detrás de la cerca al primer disparo, aprovecha al verme exasperado tratando infructuosamente de sacar la cacerina para acomodar la bala atorada, y dispara con precisión y sin piedad.  Me caen tres o cinco balazos en el pecho, así que es hora de soltar el arma, tocarse la herida mortal, caer bruscamente, emitir algún sonido agonizante, y morir. 

Poco importa haber perdido esta batalla apócrifa.  Es más, preferiría librar mil batallas más como ésta antes de las terribles contiendas o escaramuzas reales que nos esperan a Ryan y a mí en un par de años. Aquellas, me temo, nos distanciarán mucho y me desangrarán el alma.